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¿Yo también puedo ser vidente?

EL TAROT NO ES UN JUEGO

¿Yo también puedo ser vidente?

No todo el mundo puede ser vidente de la misma manera que no todos pueden ser cocineros. Se necesita un gran aprendizaje, memoria, intuición y tacto.

 Ser vidente requiere de una gran preparaciónSer vidente requiere de una gran preparación

Cualquier persona que tenga un cierto interés puede adquirir una baraja de naipes del Tarot de una manera rápida y sencilla. Sin embargo, ha de ser consciente de que la Cartomancia no es ni un juego ni la baraja del Tarot un juguete.

Aprender a echar las cartas no es cosa de una noche ni de un mes. Es una práctica que precisa de un desarrollo evolutivo gradual y que culminará una vez alcanzado el dominio absoluto de este arte o profesión. Debido a las implicaciones emocionales del Tarot, el vidente o tarotista debe conocer a la perfección el significado de cada carta antes de aventurarse a dar una predicción errónea. Por tanto, ser capaz de memorizar hasta el más mínimo detalle informativo de cada una de las 78 cartas de la baraja lleva tiempo.

Un mal vidente puede dañar psicológicamente al consultante

La concentración mental es clave para una buena lectura. Pero no sólo son aptitudes memorísticas las que se necesitan para interpretar las cartas, sino que un buen vidente debe ser poseedor de una gran intuición y tacto. Muchos tarotistas deberían tener al menos unas nociones básicas de psicología pues no todo lo que sale en las cartas se puede decir y, de aquello que sí se puede transmitir, en ocasiones hay que saber cómo hacerlo.

Aquellos que acuden a un vidente en busca de respuestas lo hacen en muchos casos empujados por la desesperación y el desconsuelo. De ahí que la falta de entendimiento, escrúpulos, intuición y tacto por parte de un 'tarotista' pueda convertirse en un arma de autodestrucción psicológica para el consultante.

Pero ¡ojo!, no hay que confundir la intuición con la imaginación. El vidente debe limitarse a interpretrar el significado de las cartas de la tirada y no a inventar historias porque no recuerde o desconozca la simbología de ciertos naipes.

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